Artículo cedido por Eva Bernal a Asociación Coach Humanista

                El maltrato es un comportamiento del ser humano que causa daño físico o moral o ambas cosas a la vez a otro ser humano. Sea sutil o no, encubierto o directo, es muy tóxico y un problema muy extendido en nuestra sociedad, causando serios problemas mentales y/o físicos para la víctima.

               La propia palabra lo define. Si no es un buen trato, es maltrato. Cuando alguien trata mal a otra persona ya sea física o verbalmente, está vulnerando un derecho fundamental del ser humano. El derecho a su propia integridad física y moral. Al vulnerar esa integridad, el maltratador ejerce una presión cuyo objetivo es tener el control.

               Cuando se da en la pareja se le llama violencia de género, en el ámbito familiar o entre compañeros de colegio bullyng y en el trabajo mobbing. En todos los casos, causa dolor y un sufrimiento profundo y por tanto es necesario ser consciente de que existe, detectarlo, evitarlo, denunciarlo y combatirlo.

               En el caso de maltrato físico son más fáciles de detectar los golpes.

¿Pero cómo se detecta una mirada de desprecio y odio de una persona que dice quererte?

 ¿Cómo detectar esa violencia que sólo conoce la victima elegida por su maltratador, sin la presencia a veces de nadie y sin rastro de golpe físico?

 ¿Cómo combatir algo que ni tú mismo llegas a creer?

               Familiares, amigos y conocidos no darían crédito y hasta la propia víctima se sentirá culpable por pensarlo y podría llegar a negarlo. Se convence de que es un problema puntual y poco a poco va aceptando el maltrato.

                              ¿Y cómo son estas personas integradas entre nosotros?

               Las personas maltratadoras son encantadoras al principio. En las fases iniciales de una relación saben muy bien comportarse y su “verdadero yo” tarda un tiempo en aparecer. Se presentan como verdaderos ángeles y salvadores de su víctima.

Son personas autoritarias, intolerantes y rígidas que persiguen una única verdad; la suya. Para ellos todo está bien o mal según su criterio. Generalmente esto lo tienen aprendido desde su infancia. A ellos los han tratado así. Lo han vivido así. Sienten una gran frustración que descargan sobre el otro porque no conocen otra forma de relacionarse.

               Son chantajistas emocionales y acaban provocando miedo en sus víctimas. Critican con gran facilidad haciendo que su presa se sienta mal. En cambio, llevan mal la autocrítica.

               Pueden cambiar con facilidad de humor, pasando así de personas agradables a personas enfadadas en unos segundos.

               Se ofenden con facilidad si algo no encaja con su verdad. Son crueles e insensibles y aíslan a la víctima de su entorno, amigos y familiares haciéndola así más vulnerable.

               No se arrepienten ni sienten con facilidad la culpa. Hacen falsas promesas y son expertos en pedir perdón sólo para conseguir sus objetivos.

               Muy controladores, necesitan sentirse superiores y manipular a los demás. En parte porque no ejercen control sobre sí mismos. Son inseguros y tienen miedo de ser desenmascarados. Muestran pocos remordimientos por hacer sufrir y su empatía es casi nula. Además, celosos en exceso, controlan los recursos económicos y hasta la intimidad de la víctima.

               Son impulsivos, sin reflexionar sobre su vida interior y sin control emocional. Son como inmaduros emocionales.

               Con gran capacidad para seducir no se detienen por nada. Mentirosos, deshonestos y pendientes de herir a su víctima.

               Y como no, ellos se hacen la víctima para justificar sus acciones.

               A veces no echan mano de gritos, insultos, palabras hirientes o humillaciones, a veces utilizan la ironía, el sarcasmo, la indiferencia o el silencio.

Muchos maltratadores no saben que lo son. Actúan así porque es lo que tienen aprendido. Para ellos no están haciendo nada malo. Si ellos se ven sin ningún problema difícilmente van a pedir ayuda. De hecho, como hemos mencionado antes, se pueden considerar victimas porque sus parejas no se someten a su control.

Si alguna vez el maltratador se curase, por una toma de consciencia previa de su problema o por un cambio radical en su vida y asumiese la responsabilidad de superarse, no debemos creer que se parecerá al ángel que en su día conoció la víctima. La persona tal y como se presentó no existe y la que resurgirá después es un misterio; será otra. Deberá reaprender y entender el mundo de otra manera.

Maltratador y victima son una forma de relacionarse muy tóxica donde ambos son responsables.

No es fácil sanar de este tipo de relación donde los sueños fueron manipulados y la víctima se enamora en exceso pues ellos así lo planean. La refuerzan y premian al comienzo de la relación para luego erosionarla y controlarla.

Todos en algún momento de nuestras vidas hemos practicado algún tipo de maltrato emocional en nuestras relaciones cuando hemos manipulado, engañado, hemos sido fríos o indiferentes. Cuando hemos intentado cambiar a la persona que está a nuestro lado. Pero el verdadero maltrato psicológico es aquel que de forma constante y crónica sigue el mismo patrón. Siempre actúa así. Con su víctima actual, y con las anteriores si las hubiese. Es un patrón interiorizado, una estrategia que dándose cuenta o no, repite una y otra vez sin aprender de ello.

               Muchos problemas de nuestra sociedad como estrés, ansiedad, depresión, baja autoestima, alteraciones del sueño y miedo, pueden tener debajo una base de maltrato. Causando descontento y pérdidas de todo tipo.

Es por ello preciso ya desde una edad temprana, que la sociedad entera nos predispongamos a una educación no diferencial. Basada en la gestión emocional. Pues somos seres emocionales.

Es un problema muy extendido en todos los ámbitos y clases sociales, a veces tan aceptado como algo normal que: ¿cómo podemos combatirlo?

Empezando por nosotros mismos, conociéndonos mejor, aumentando nuestra autoestima, canalizando los momentos de ira, rabia y frustración hacia el entendimiento, la empatía y la buena comunicación, si somos conscientes de que estamos viviendo una situación así. Educándonos en la tolerancia y la compasión hacia los demás y aprendiendo a detectar los síntomas de un maltrato para así poder actuar lo antes posible. Aumentando nuestra autonomía y eficiencia. Si no hay víctima, no hay maltrato.

Y si lo crees conveniente, puedes ponerte en contacto con un profesional.