Artículo cedido por José Juan Guirao a Asociación Coach Humanista

 

      Se llamaba Lucky. Caminaba despacio, con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas. Estaba sucio, cansado y no encontraba sentido a lo que le había sucedido. El asfalto de la carretera quemaba sus patas, sentía la lengua seca y el calor asfixiante le aplastaba contra el suelo. No podía creer como había cambiado su vida. Hace apenas dos días era un perro feliz. Lo tenía todo. Comida, un techo donde dormir y una manada que lo colmaba de cariño. ¿Cómo era posible? ¡Todo parecía tan perfecto! Y ahora estaba solo. Abandonado en medio de la nada y sin saber hacia dónde le llevaban sus pasos. Aun así decidió seguir caminando. “No sé qué pasara ahora”, se dijo, “pero tengo que seguir adelante. Tengo que encontrarlos”.

     De vez en cuando algún coche que otro pasaba a su lado sin detenerse. Seguramente no le veían. Si le viesen, ¿Cómo no iban a detenerse para ayudarle? Los que conducían eran iguales que los miembros de su manada y su manada también se movía en una de esas cosas. Uno de ellos pasó a su lado a gran velocidad. Sintió como el lateral del vehículo le rozaba en el costado y el dolor que le produjo fue instantáneo y brutal. Cayó rodando y magullado a la cuneta. En ese momento se dio cuenta de que su vida allí no valía nada. Al levantar la vista vio el vehículo alejarse. Se movía de forma extraña mientras hacía sonar el claxon. Ahora sabía que le veían. Le veían pero nadie hacía nada. A nadie le importaba. Se levantó aún más dolorido y siguió caminando. Un paso más, y otro, y más.

     La carretera parecía interminable. Poco a poco el día dio paso a la noche, el calor fue menos intenso y el cansancio más. Decidió parar a descansar el tiempo justo para dar una cabezada. En un momento quedó profundamente dormido. Soñó. Estaba con su familia y era feliz. Los miembros de su manada eran especiales para él. Los amaba. Y creía firmemente que ellos le amaban a él. Todo era bueno y estaba bien… hasta que despertó.

      Ya había salido el sol y debía seguir su camino. Ponerse en pie le supuso un gran esfuerzo. Si no encontraba agua y algo que comer en algún momento se detendría para no volver a moverse. No podía permitir que eso sucediese. Así que dio un paso más, y otro, y más. Las articulaciones le atormentaban cruelmente, cada metro recorrido era una tortura, cada minuto que pasaba más doloroso.

       El sol estaba ya muy alto cuando casi como un milagro escuchó un sonido que le resultó familiar. ¡Agua! ¡Es agua! Aceleró el paso lo que pudo siguiendo el gorgoteo que producía el líquido al salir de una tubería que, aunque él no lo sabía, transportaba el agua a un pueblo cercano. Esa misma noche un vecino ebrio había chocado con ella en su furgoneta

.       Se zambulló sin pensarlo. Apenas era un charco poco más grande que él, pero el agua refrescante le supo mejor que cualquier baño que hubiese tomado en su vida. Al beber notó como parte de sus fuerzas volvían a su cuerpo y decidió quedarse en el oasis improvisado un ratito más. Por un momento se sintió feliz.

      Ese mismo día vio un bulto en la orilla de la carretera. No pudo distinguirlo claramente. El sol estaba ya descendiendo y sus rayos le golpeaban de frente. Lo primero que llegó a sus sentidos fue el olor. Un olor fuerte y poderoso que no había olido nunca y sin embargo conocía. El olor de la muerte. Se acercó despacio, olfateando por primera vez algo que tenía la sensación de haber olido millones de veces. Más cerca le pareció oír un débil gemido. Si; fuese lo que fuese aún no estaba muerto.

      Lo supo incluso antes de llegar a su lado. Los lastimeros gemidos que le alcanzaban se lo decían. Era un perro. Estaba muy débil pero de momento se mantenía con vida. Le observó durante un tiempo. Triste y afligido por la suerte de uno de los suyos hizo lo único que podía hacer en ese momento. Muy despacio y con mucha ternura comenzó a lamer la cabeza del moribundo. El otro perro, al sentir el contacto físico abrió despacio los ojos. En ellos había un destello de esperanza. Un destello que desapareció tan rápido como su esperanza al ver que quien le estaba tocando no era quien el esperaba. Aun así soltó un gemido de agradecimiento. Llevaba solo demasiado tiempo esperando algo que ya sabía no iba a suceder. -¿Por qué estás aquí?- preguntó Lucky en ese idioma que sólo los perros conocen. - Espero.- Respondió el otro.- Aunque creo que mi manada ya no va a regresar por mí. ¿Cómo han podido hacerme esto? ¡ A mí, que les he dado toda mi vida, todo mi cariño! ¿Cómo han podido hacerme esto esos desagradecidos? Con lo que yo he hecho por ellos. - ¿Por qué te has quedado aquí? - Tenían que venir a recogerme. Era su deber. Yo soy indispensable para ellos. Van a lamentar mucho mi pérdida. Lo sé. - Pero podías haberte movido.- Sugirió Lucky.- Buscar agua y comida. Buscarlos a ellos. - ¿Yo?  Yo no tengo la culpa. No tengo porqué moverme. Ellos son los culpables. Ellos me han dejado morir.

       Lucky no entendía los pensamientos de este can. Por un lado lamentaba la situación de su compañero, pero no sabía qué hacer para ayudarle o consolarle. Así que se quedó a su lado, paciente, lamiendo su cabeza aun sabiendo que estaba perdiendo un tiempo precioso. Aun sabiendo que debería seguir caminando para no terminar como aquel animal.

       Al tiempo que la noche iba avanzando, la vida de su recién conocido amigo escapaba hacia la madrugada. Y como en un cuento bonito, con los primeros rayos de sol, el alma de aquel perro abandonó un cuerpo ya sin vida y se alzó resplandeciente hacia el amanecer. Lucky vio el alma de su amigo alejarse. Parecía contento. Se preguntó por un momento si no sería más fácil hacer como él y dejarse morir. Pero él pensaba de forma diferente. El se había empeñado en vivir. Sabía que algún día tendría que morir, pero no sería ese día.

       Se despidió de su amigo y siguió su camino. Un paso tras otro. Uno tras otro, y otro, y más. Tres días y tres noches tuvieron que pasar hasta que a lo lejos, con la visión ya borrosa y las fuerzas abandonándole vio algo que parecían edificios. Las patas le temblaban. Estaba tan delgado que los huesos se le marcaban por todo el cuerpo y aun así tenía la sensación de pesar una tonelada. Cada paso era un martirio. En su cabeza una frase se repetía una y otra vez: “Un paso más, sólo un paso más”. Y así, dando cada instante un paso más consiguió llegar al pueblo.

      Continuó caminando por la acera empujado por la inercia hasta que cayó exhausto  a los pies de un árbol.  Entonces se acordó de su amigo. Quizá al fin y al cabo no fue tan mala idea dejarse morir. Se habría ahorrado mucho esfuerzo y sufrimiento. No se arrepentía de lo que había hecho. Sabía que era lo correcto. Aunque al fin él también moriría estaba contento de haber luchado

.        Tumbado como estaba en el suelo, de costado, no era consciente de que sus patas seguían moviéndose. Su mente se había rendido, su cuerpo parado a la sombra de un árbol, pero su espíritu, indomable, seguía dando un paso más. Y otro, y otro, y más, por un camino que ya no existía ni llevaba a ninguna parte.

       Una voz infantil le llegaba desde otro mundo. Desde el mundo de los vivos. Se dijo para sí que era un sueño. Sin duda debía estar soñando. Sonaba tan lejana… Era una voz de niña. Gritaba muy fuerte y no entendía nada del lenguaje de los humanos. Apenas unas pocas palabras que le habían enseñado los suyos hace ya una eternidad. Le pareció oír su nombre. Su nombre y otra palabra que no conocía. ¿Qué sería una “fortodacia”? y pensando en eso quedó dormido.

       Lo que Lucky no sabía era que cada farola, cada árbol, cada trozo de pared disponible de aquel pueblo perdido en medio de la nada, estaba adornado con un trozo de papel. Tampoco sabía que cada uno de esos trozos, en ese preciso instante, significaba la vida y la muerte. Ni que cada uno de ellos llevaba escrito su nombre  y una “fortodacia”  con la palabra “PERDIDO”.

       Ese día no le tocaba morir.

       Puede que muchos llamen a esto suerte. Puede que le llamen destino. Puede que incluso le llamen casualidad. Que cada cual elija su propia conclusión. Pero lo cierto es que si Lucky no hubiese dado un paso más, y otro, y más, si Lucky no se hubiese empeñado en vivir, no se habría producido el milagro. No fue casualidad, no fue suerte, no fue destino. Fue un paso más, y otro, y más.

       josé Juan Guirao