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Perseverancia - Un paso más. (Cuento)

      Se llamaba Lucky. Caminaba despacio, con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas. Estaba sucio, cansado y no encontraba sentido a lo que le había sucedido. El asfalto de la carretera quemaba sus patas, sentía la lengua seca y el calor asfixiante le aplastaba contra el suelo. No podía creer como había cambiado su vida. Hace apenas dos días era un perro feliz. Lo tenía todo. Comida, un techo donde dormir y una manada que lo colmaba de cariño. ¿Cómo era posible? ¡Todo parecía tan perfecto! Y ahora estaba solo. Abandonado en medio de la nada y sin saber hacia dónde le llevaban sus pasos. Aun así decidió seguir caminando. “No sé qué pasara ahora”, se dijo, “pero tengo que seguir adelante. Tengo que encontrarlos”.

     De vez en cuando algún coche que otro pasaba a su lado sin detenerse. Seguramente no le veían. Si le viesen, ¿Cómo no iban a detenerse para ayudarle? Los que conducían eran iguales que los miembros de su manada y su manada también se movía en una de esas cosas. Uno de ellos pasó a su lado a gran velocidad. Sintió como el lateral del vehículo le rozaba en el costado y el dolor que le produjo fue instantáneo y brutal. Cayó rodando y magullado a la cuneta. En ese momento se dio cuenta de que su vida allí no valía nada. Al levantar la vista vio el vehículo alejarse. Se movía de forma extraña mientras hacía sonar el claxon. Ahora sabía que le veían. Le veían pero nadie hacía nada. A nadie le importaba. Se levantó aún más dolorido y siguió caminando. Un paso más, y otro, y más.

     La carretera parecía interminable. Poco a poco el día dio paso a la noche, el calor fue menos intenso y el cansancio más. Decidió parar a descansar el tiempo justo para dar una cabezada. En un momento quedó profundamente dormido. Soñó. Estaba con su familia y era feliz. Los miembros de su manada eran especiales para él. Los amaba. Y creía firmemente que ellos le amaban a él. Todo era bueno y estaba bien… hasta que despertó.

      Ya había salido el sol y debía seguir su camino. Ponerse en pie le supuso un gran esfuerzo. Si no encontraba agua y algo que comer en algún momento se detendría para no volver a moverse. No podía permitir que eso sucediese. Así que dio un paso más, y otro, y más. Las articulaciones le atormentaban cruelmente, cada metro recorrido era una tortura, cada minuto que pasaba más doloroso.

       El sol estaba ya muy alto cuando casi como un milagro escuchó un sonido que le resultó familiar. ¡Agua! ¡Es agua! Aceleró el paso lo que pudo siguiendo el gorgoteo que producía el líquido al salir de una tubería que, aunque él no lo sabía, transportaba el agua a un pueblo cercano. Esa misma noche un vecino ebrio había chocado con ella en su furgoneta.

      Se zambulló sin pensarlo. Apenas era un charco poco más grande que él, pero el agua refrescante le supo mejor que cualquier baño que hubiese tomado en su vida. Al beber notó como parte de sus fuerzas volvían a su cuerpo y decidió quedarse en el oasis improvisado un ratito más. Por un momento se sintió feliz.

      Ese mismo día vio un bulto en la orilla de la carretera. No pudo distinguirlo claramente. El sol estaba ya descendiendo y sus rayos le golpeaban de frente. Lo primero que llegó a sus sentidos fue el olor. Un olor fuerte y poderoso que no había olido nunca y sin embargo conocía. El olor de la muerte. Se acercó despacio, olfateando por primera vez algo que tenía la sensación de haber olido millones de veces. Más cerca le pareció oír un débil gemido. Si; fuese lo que fuese aún no estaba muerto.

      Lo supo incluso antes de llegar a su lado. Los lastimeros gemidos que le alcanzaban se lo decían. Era un perro. Estaba muy débil pero de momento se mantenía con vida. Le observó durante un tiempo. Triste y afligido por la suerte de uno de los suyos hizo lo único que podía hacer en ese momento. Muy despacio y con mucha ternura comenzó a lamer la cabeza del moribundo. El otro perro, al sentir el contacto físico abrió despacio los ojos. En ellos había un destello de esperanza. Un destello que desapareció tan rápido como su esperanza al ver que quien le estaba tocando no era quien el esperaba. Aun así soltó un gemido de agradecimiento. Llevaba solo demasiado tiempo esperando algo que ya sabía no iba a suceder.

-¿Por qué estás aquí?- preguntó Lucky en ese idioma que sólo los perros conocen.

- Espero.- Respondió el otro.- Aunque creo que mi manada ya no va a regresar por mí. ¿Cómo han podido hacerme esto? ¡ A mí, que les he dado toda mi vida, todo mi cariño! ¿Cómo han podido hacerme esto esos desagradecidos? Con lo que yo he hecho por ellos.

- ¿Por qué te has quedado aquí?

- Tenían que venir a recogerme. Era su deber. Yo soy indispensable para ellos. Van a lamentar mucho mi pérdida. Lo sé.

- Pero podías haberte movido.- Sugirió Lucky.- Buscar agua y comida. Buscarlos a ellos.

- ¿Yo?  Yo no tengo la culpa. No tengo porqué moverme. Ellos son los culpables. Ellos me han dejado morir.

       Lucky no entendía los pensamientos de este can. Por un lado lamentaba la situación de su compañero, pero no sabía qué hacer para ayudarle o consolarle. Así que se quedó a su lado, paciente, lamiendo su cabeza aun sabiendo que estaba perdiendo un tiempo precioso. Aun sabiendo que debería seguir caminando para no terminar como aquel animal.

       Al tiempo que la noche iba avanzando, la vida de su recién conocido amigo escapaba hacia la madrugada. Y como en un cuento bonito, con los primeros rayos de sol, el alma de aquel perro abandonó un cuerpo ya sin vida y se alzó resplandeciente hacia el amanecer. Lucky vio el alma de su amigo alejarse. Parecía contento. Se preguntó por un momento si no sería más fácil hacer como él y dejarse morir. Pero él pensaba de forma diferente. El se había empeñado en vivir. Sabía que algún día tendría que morir, pero no sería ese día.

       Se despidió de su amigo y siguió su camino. Un paso tras otro. Uno tras otro, y otro, y más. Tres días y tres noches tuvieron que pasar hasta que a lo lejos, con la visión ya borrosa y las fuerzas abandonándole vio algo que parecían edificios. Las patas le temblaban. Estaba tan delgado que los huesos se le marcaban por todo el cuerpo y aun así tenía la sensación de pesar una tonelada. Cada paso era un martirio. En su cabeza una frase se repetía una y otra vez: “Un paso más, sólo un paso más”. Y así, dando cada instante un paso más consiguió llegar al pueblo.

      Continuó caminando por la acera empujado por la inercia hasta que cayó exhausto  a los pies de un árbol.  Entonces se acordó de su amigo. Quizá al fin y al cabo no fue tan mala idea dejarse morir. Se habría ahorrado mucho esfuerzo y sufrimiento. No se arrepentía de lo que había hecho. Sabía que era lo correcto. Aunque al fin él también moriría estaba contento de haber luchado.

       Tumbado como estaba en el suelo, de costado, no era consciente de que sus patas seguían moviéndose. Su mente se había rendido, su cuerpo parado a la sombra de un árbol, pero su espíritu, indomable, seguía dando un paso más. Y otro, y otro, y más, por un camino que ya no existía ni llevaba a ninguna parte.

       Una voz infantil le llegaba desde otro mundo. Desde el mundo de los vivos. Se dijo para sí que era un sueño. Sin duda debía estar soñando. Sonaba tan lejana… Era una voz de niña. Gritaba muy fuerte y no entendía nada del lenguaje de los humanos. Apenas unas pocas palabras que le habían enseñado los suyos hace ya una eternidad. Le pareció oír su nombre. Su nombre y otra palabra que no conocía. ¿Qué sería una “fortodacia”? y pensando en eso quedó dormido.

       Lo que Lucky no sabía era que cada farola, cada árbol, cada trozo de pared disponible de aquel pueblo perdido en medio de la nada, estaba adornado con un trozo de papel. Tampoco sabía que cada uno de esos trozos, en ese preciso instante, significaba la vida y la muerte. Ni que cada uno de ellos llevaba escrito su nombre  y una “fortodacia”  con la palabra “PERDIDO”.

       Ese día no le tocaba morir.


       Puede que muchos llamen a esto suerte. Puede que le llamen destino. Puede que incluso le llamen casualidad. Que cada cual elija su propia conclusión. Pero lo cierto es que si Lucky no hubiese dado un paso más, y otro, y más, si Lucky no se hubiese empeñado en vivir, no se habría producido el milagro. No fue casualidad, no fue suerte, no fue destino. Fue un paso más, y otro, y más.

       josé Juan Guirao

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¿Te consideras una persona emocionalmente inteligente?

 

  Artículo cedido por Isabel Saura a Asociación Coach Humanista

 

Se habla mucho de inteligencia emocional. ¿Realmente sabemos lo que es? ¿Somos capaces de reconocer a una persona con esas características?

Te animo a seguir leyendo y encontraras las respuestas a estas preguntas .Son personas que presentan el siguiente perfil y además presentan determinados hábitos de conducta, ante situaciones adversas o tensas. Sus características son las siguientes;

  • Son capaces de reconocer sus sentimientos y los de los demás
  • Son fuertes y no se ofenden con facilidad
  • Son capaces de expresar correctamente sus emociones y sentimientos
  • No buscan la perfección
  • Son capaces de reconocer sus equivocaciones
  • Se enfocan en lo positivo que hay en su entorno
  • Se cuidan tanto físicas, emocionales, mental y espiritualmente, y saben lo importante que es la salud
  • Evitan las personas que son conflictivas
  • Defienden su asertividad
  • No se quedan ancladas en el pasado ni viven en el futuro
  • Aprecian y valoran lo que tienen
  • Son conocedores de sus debilidades  y de sus fortalezas
  • Son personas proactivas, no reactivas
  • No temen al cambio
  • Son dueñas de su tiempo y deciden en que emplean sus energías
  • Son capaces de auto motivarse y autogenerase momentos de felicidad

Si has llegado hasta aquí, y no te has reconocido en alguna de estas características, no hay que preocuparse, hay si quieres ocuparse.

La buena noticia es que todos estos hábitos, conductas y rasgos de carácter y personalidad, se pueden aprender, podemos ir trabajándolos día a día. Eso sí, no se consigue de la noche a la mañana, sin embargo hay unas claves  que nos facilitan el aprendizaje;

Cambiar pensamientos positivos por negativos

  • No temer al cambio
  • Aceptar en nosotros mismos y en los  demás que no somos superhéroes capaces de hacerlo todo y hacerlo bien.
  • Así que como se puede conseguir, solo hay que querer intentarlo y ponerse en marcha.

 ¡Es tiempo de cambio!

¡Es Tu Momento!

 

Isabel Saura

Coach Humanista         

Perseverancia - Un paso más. (Cuento)

Artículo cedido por José Juan Guirao a Asociación Coach Humanista

 

      Se llamaba Lucky. Caminaba despacio, con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas. Estaba sucio, cansado y no encontraba sentido a lo que le había sucedido. El asfalto de la carretera quemaba sus patas, sentía la lengua seca y el calor asfixiante le aplastaba contra el suelo. No podía creer como había cambiado su vida. Hace apenas dos días era un perro feliz. Lo tenía todo. Comida, un techo donde dormir y una manada que lo colmaba de cariño. ¿Cómo era posible? ¡Todo parecía tan perfecto! Y ahora estaba solo. Abandonado en medio de la nada y sin saber hacia dónde le llevaban sus pasos. Aun así decidió seguir caminando. “No sé qué pasara ahora”, se dijo, “pero tengo que seguir adelante. Tengo que encontrarlos”.

     De vez en cuando algún coche que otro pasaba a su lado sin detenerse. Seguramente no le veían. Si le viesen, ¿Cómo no iban a detenerse para ayudarle? Los que conducían eran iguales que los miembros de su manada y su manada también se movía en una de esas cosas. Uno de ellos pasó a su lado a gran velocidad. Sintió como el lateral del vehículo le rozaba en el costado y el dolor que le produjo fue instantáneo y brutal. Cayó rodando y magullado a la cuneta. En ese momento se dio cuenta de que su vida allí no valía nada. Al levantar la vista vio el vehículo alejarse. Se movía de forma extraña mientras hacía sonar el claxon. Ahora sabía que le veían. Le veían pero nadie hacía nada. A nadie le importaba. Se levantó aún más dolorido y siguió caminando. Un paso más, y otro, y más.

     La carretera parecía interminable. Poco a poco el día dio paso a la noche, el calor fue menos intenso y el cansancio más. Decidió parar a descansar el tiempo justo para dar una cabezada. En un momento quedó profundamente dormido. Soñó. Estaba con su familia y era feliz. Los miembros de su manada eran especiales para él. Los amaba. Y creía firmemente que ellos le amaban a él. Todo era bueno y estaba bien… hasta que despertó.

      Ya había salido el sol y debía seguir su camino. Ponerse en pie le supuso un gran esfuerzo. Si no encontraba agua y algo que comer en algún momento se detendría para no volver a moverse. No podía permitir que eso sucediese. Así que dio un paso más, y otro, y más. Las articulaciones le atormentaban cruelmente, cada metro recorrido era una tortura, cada minuto que pasaba más doloroso.

       El sol estaba ya muy alto cuando casi como un milagro escuchó un sonido que le resultó familiar. ¡Agua! ¡Es agua! Aceleró el paso lo que pudo siguiendo el gorgoteo que producía el líquido al salir de una tubería que, aunque él no lo sabía, transportaba el agua a un pueblo cercano. Esa misma noche un vecino ebrio había chocado con ella en su furgoneta

.       Se zambulló sin pensarlo. Apenas era un charco poco más grande que él, pero el agua refrescante le supo mejor que cualquier baño que hubiese tomado en su vida. Al beber notó como parte de sus fuerzas volvían a su cuerpo y decidió quedarse en el oasis improvisado un ratito más. Por un momento se sintió feliz.

      Ese mismo día vio un bulto en la orilla de la carretera. No pudo distinguirlo claramente. El sol estaba ya descendiendo y sus rayos le golpeaban de frente. Lo primero que llegó a sus sentidos fue el olor. Un olor fuerte y poderoso que no había olido nunca y sin embargo conocía. El olor de la muerte. Se acercó despacio, olfateando por primera vez algo que tenía la sensación de haber olido millones de veces. Más cerca le pareció oír un débil gemido. Si; fuese lo que fuese aún no estaba muerto.

      Lo supo incluso antes de llegar a su lado. Los lastimeros gemidos que le alcanzaban se lo decían. Era un perro. Estaba muy débil pero de momento se mantenía con vida. Le observó durante un tiempo. Triste y afligido por la suerte de uno de los suyos hizo lo único que podía hacer en ese momento. Muy despacio y con mucha ternura comenzó a lamer la cabeza del moribundo. El otro perro, al sentir el contacto físico abrió despacio los ojos. En ellos había un destello de esperanza. Un destello que desapareció tan rápido como su esperanza al ver que quien le estaba tocando no era quien el esperaba. Aun así soltó un gemido de agradecimiento. Llevaba solo demasiado tiempo esperando algo que ya sabía no iba a suceder. -¿Por qué estás aquí?- preguntó Lucky en ese idioma que sólo los perros conocen. - Espero.- Respondió el otro.- Aunque creo que mi manada ya no va a regresar por mí. ¿Cómo han podido hacerme esto? ¡ A mí, que les he dado toda mi vida, todo mi cariño! ¿Cómo han podido hacerme esto esos desagradecidos? Con lo que yo he hecho por ellos. - ¿Por qué te has quedado aquí? - Tenían que venir a recogerme. Era su deber. Yo soy indispensable para ellos. Van a lamentar mucho mi pérdida. Lo sé. - Pero podías haberte movido.- Sugirió Lucky.- Buscar agua y comida. Buscarlos a ellos. - ¿Yo?  Yo no tengo la culpa. No tengo porqué moverme. Ellos son los culpables. Ellos me han dejado morir.

       Lucky no entendía los pensamientos de este can. Por un lado lamentaba la situación de su compañero, pero no sabía qué hacer para ayudarle o consolarle. Así que se quedó a su lado, paciente, lamiendo su cabeza aun sabiendo que estaba perdiendo un tiempo precioso. Aun sabiendo que debería seguir caminando para no terminar como aquel animal.

       Al tiempo que la noche iba avanzando, la vida de su recién conocido amigo escapaba hacia la madrugada. Y como en un cuento bonito, con los primeros rayos de sol, el alma de aquel perro abandonó un cuerpo ya sin vida y se alzó resplandeciente hacia el amanecer. Lucky vio el alma de su amigo alejarse. Parecía contento. Se preguntó por un momento si no sería más fácil hacer como él y dejarse morir. Pero él pensaba de forma diferente. El se había empeñado en vivir. Sabía que algún día tendría que morir, pero no sería ese día.

       Se despidió de su amigo y siguió su camino. Un paso tras otro. Uno tras otro, y otro, y más. Tres días y tres noches tuvieron que pasar hasta que a lo lejos, con la visión ya borrosa y las fuerzas abandonándole vio algo que parecían edificios. Las patas le temblaban. Estaba tan delgado que los huesos se le marcaban por todo el cuerpo y aun así tenía la sensación de pesar una tonelada. Cada paso era un martirio. En su cabeza una frase se repetía una y otra vez: “Un paso más, sólo un paso más”. Y así, dando cada instante un paso más consiguió llegar al pueblo.

      Continuó caminando por la acera empujado por la inercia hasta que cayó exhausto  a los pies de un árbol.  Entonces se acordó de su amigo. Quizá al fin y al cabo no fue tan mala idea dejarse morir. Se habría ahorrado mucho esfuerzo y sufrimiento. No se arrepentía de lo que había hecho. Sabía que era lo correcto. Aunque al fin él también moriría estaba contento de haber luchado

.        Tumbado como estaba en el suelo, de costado, no era consciente de que sus patas seguían moviéndose. Su mente se había rendido, su cuerpo parado a la sombra de un árbol, pero su espíritu, indomable, seguía dando un paso más. Y otro, y otro, y más, por un camino que ya no existía ni llevaba a ninguna parte.

       Una voz infantil le llegaba desde otro mundo. Desde el mundo de los vivos. Se dijo para sí que era un sueño. Sin duda debía estar soñando. Sonaba tan lejana… Era una voz de niña. Gritaba muy fuerte y no entendía nada del lenguaje de los humanos. Apenas unas pocas palabras que le habían enseñado los suyos hace ya una eternidad. Le pareció oír su nombre. Su nombre y otra palabra que no conocía. ¿Qué sería una “fortodacia”? y pensando en eso quedó dormido.

       Lo que Lucky no sabía era que cada farola, cada árbol, cada trozo de pared disponible de aquel pueblo perdido en medio de la nada, estaba adornado con un trozo de papel. Tampoco sabía que cada uno de esos trozos, en ese preciso instante, significaba la vida y la muerte. Ni que cada uno de ellos llevaba escrito su nombre  y una “fortodacia”  con la palabra “PERDIDO”.

       Ese día no le tocaba morir.

       Puede que muchos llamen a esto suerte. Puede que le llamen destino. Puede que incluso le llamen casualidad. Que cada cual elija su propia conclusión. Pero lo cierto es que si Lucky no hubiese dado un paso más, y otro, y más, si Lucky no se hubiese empeñado en vivir, no se habría producido el milagro. No fue casualidad, no fue suerte, no fue destino. Fue un paso más, y otro, y más.

       josé Juan Guirao

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El Maltrato Psicologico

Artículo cedido por Eva Bernal a Asociación Coach Humanista

                El maltrato es un comportamiento del ser humano que causa daño físico o moral o ambas cosas a la vez a otro ser humano. Sea sutil o no, encubierto o directo, es muy tóxico y un problema muy extendido en nuestra sociedad, causando serios problemas mentales y/o físicos para la víctima.

               La propia palabra lo define. Si no es un buen trato, es maltrato. Cuando alguien trata mal a otra persona ya sea física o verbalmente, está vulnerando un derecho fundamental del ser humano. El derecho a su propia integridad física y moral. Al vulnerar esa integridad, el maltratador ejerce una presión cuyo objetivo es tener el control.

               Cuando se da en la pareja se le llama violencia de género, en el ámbito familiar o entre compañeros de colegio bullyng y en el trabajo mobbing. En todos los casos, causa dolor y un sufrimiento profundo y por tanto es necesario ser consciente de que existe, detectarlo, evitarlo, denunciarlo y combatirlo.

               En el caso de maltrato físico son más fáciles de detectar los golpes.

¿Pero cómo se detecta una mirada de desprecio y odio de una persona que dice quererte?

 ¿Cómo detectar esa violencia que sólo conoce la victima elegida por su maltratador, sin la presencia a veces de nadie y sin rastro de golpe físico?

 ¿Cómo combatir algo que ni tú mismo llegas a creer?

               Familiares, amigos y conocidos no darían crédito y hasta la propia víctima se sentirá culpable por pensarlo y podría llegar a negarlo. Se convence de que es un problema puntual y poco a poco va aceptando el maltrato.

                              ¿Y cómo son estas personas integradas entre nosotros?

               Las personas maltratadoras son encantadoras al principio. En las fases iniciales de una relación saben muy bien comportarse y su “verdadero yo” tarda un tiempo en aparecer. Se presentan como verdaderos ángeles y salvadores de su víctima.

Son personas autoritarias, intolerantes y rígidas que persiguen una única verdad; la suya. Para ellos todo está bien o mal según su criterio. Generalmente esto lo tienen aprendido desde su infancia. A ellos los han tratado así. Lo han vivido así. Sienten una gran frustración que descargan sobre el otro porque no conocen otra forma de relacionarse.

               Son chantajistas emocionales y acaban provocando miedo en sus víctimas. Critican con gran facilidad haciendo que su presa se sienta mal. En cambio, llevan mal la autocrítica.

               Pueden cambiar con facilidad de humor, pasando así de personas agradables a personas enfadadas en unos segundos.

               Se ofenden con facilidad si algo no encaja con su verdad. Son crueles e insensibles y aíslan a la víctima de su entorno, amigos y familiares haciéndola así más vulnerable.

               No se arrepienten ni sienten con facilidad la culpa. Hacen falsas promesas y son expertos en pedir perdón sólo para conseguir sus objetivos.

               Muy controladores, necesitan sentirse superiores y manipular a los demás. En parte porque no ejercen control sobre sí mismos. Son inseguros y tienen miedo de ser desenmascarados. Muestran pocos remordimientos por hacer sufrir y su empatía es casi nula. Además, celosos en exceso, controlan los recursos económicos y hasta la intimidad de la víctima.

               Son impulsivos, sin reflexionar sobre su vida interior y sin control emocional. Son como inmaduros emocionales.

               Con gran capacidad para seducir no se detienen por nada. Mentirosos, deshonestos y pendientes de herir a su víctima.

               Y como no, ellos se hacen la víctima para justificar sus acciones.

               A veces no echan mano de gritos, insultos, palabras hirientes o humillaciones, a veces utilizan la ironía, el sarcasmo, la indiferencia o el silencio.

Muchos maltratadores no saben que lo son. Actúan así porque es lo que tienen aprendido. Para ellos no están haciendo nada malo. Si ellos se ven sin ningún problema difícilmente van a pedir ayuda. De hecho, como hemos mencionado antes, se pueden considerar victimas porque sus parejas no se someten a su control.

Si alguna vez el maltratador se curase, por una toma de consciencia previa de su problema o por un cambio radical en su vida y asumiese la responsabilidad de superarse, no debemos creer que se parecerá al ángel que en su día conoció la víctima. La persona tal y como se presentó no existe y la que resurgirá después es un misterio; será otra. Deberá reaprender y entender el mundo de otra manera.

Maltratador y victima son una forma de relacionarse muy tóxica donde ambos son responsables.

No es fácil sanar de este tipo de relación donde los sueños fueron manipulados y la víctima se enamora en exceso pues ellos así lo planean. La refuerzan y premian al comienzo de la relación para luego erosionarla y controlarla.

Todos en algún momento de nuestras vidas hemos practicado algún tipo de maltrato emocional en nuestras relaciones cuando hemos manipulado, engañado, hemos sido fríos o indiferentes. Cuando hemos intentado cambiar a la persona que está a nuestro lado. Pero el verdadero maltrato psicológico es aquel que de forma constante y crónica sigue el mismo patrón. Siempre actúa así. Con su víctima actual, y con las anteriores si las hubiese. Es un patrón interiorizado, una estrategia que dándose cuenta o no, repite una y otra vez sin aprender de ello.

               Muchos problemas de nuestra sociedad como estrés, ansiedad, depresión, baja autoestima, alteraciones del sueño y miedo, pueden tener debajo una base de maltrato. Causando descontento y pérdidas de todo tipo.

Es por ello preciso ya desde una edad temprana, que la sociedad entera nos predispongamos a una educación no diferencial. Basada en la gestión emocional. Pues somos seres emocionales.

Es un problema muy extendido en todos los ámbitos y clases sociales, a veces tan aceptado como algo normal que: ¿cómo podemos combatirlo?

Empezando por nosotros mismos, conociéndonos mejor, aumentando nuestra autoestima, canalizando los momentos de ira, rabia y frustración hacia el entendimiento, la empatía y la buena comunicación, si somos conscientes de que estamos viviendo una situación así. Educándonos en la tolerancia y la compasión hacia los demás y aprendiendo a detectar los síntomas de un maltrato para así poder actuar lo antes posible. Aumentando nuestra autonomía y eficiencia. Si no hay víctima, no hay maltrato.

Y si lo crees conveniente, puedes ponerte en contacto con un profesional.

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Los Enanitos Habladores

Artículo cedido por Isabel Saura a Asociación Coach Humanista

 

Todos tenemos lo que yo llamo los Pequeños Enanitos, estos son buenos para la supervivencia, ya que pertenecen al sistema límbico, una parte de nuestro cerebro ancestral que nos avisa de los peligros, pero también nos puede complicar la vida, si su conversación es muy mala, hay que trabajarlos hasta dejarlos en silencio y que no nos molesten más con sus pequeñas hazañas o sabotajes.

Son los siguientes:

 

El Crítico, Nos suele atacar, nos culpabiliza, “La he jodido”, “Lo he hecho mal” o bien criticamos y enjuiciamos todas las circunstancias

El Perfecto, Es el que nos insta a no estar nunca satisfechos con lo cual nuestro auto nivel de exigencia es altísimo, y a su vez lo exigimos a los demás

El Victimista, Todo lo malo le pasa a él, aunque sea improbable que le suceda, la manera de atajarlo es lo que Víctor Frankl dice;” Matate”

El Complaciente, Trata de complacer a todos los que le rodean, a las exigencias de entorno, olvidándose por completo de sí mismo,

El Hipervigilante, Desconfía de todos y de todo” La Vida es durísima” En este caso hay que trabajar es el sentimiento de vulnerabilidad, cuando lo aceptamos nos hacemos más felices y más libres

El Hiperracional, Todo lo pasa por el cerebro racional, derivado de que al hacerlo así piensa que se libera

El Hiperrealizador, No para de hacer cosas, buscando siempre la aprobación exterior. Cuando la aprobación y la aceptación tienen que ser internas

El Activista, No para, siempre se está moviendo es la típica persona que parece que siempre está haciendo algo, aunque realmente no hace nada

El Controlador, Es el que tiene que controlarlo todo, sino lo hace “menudo desastre” por ello siempre está estresado y además se cree imprescindible

El Esquivo, No acepta los conflictos, se escabulle cada vez que hay un conflicto, o bien lo niega o bien se marcha

 

Todos nosotros los tenemos en mayor o menor medida, ¿Qué podemos hacer, para que no nos compliquen la vida? Sencillamente saber que existen, conocer en qué medida forman parte de nosotros mismos y si así lo decidimos trabajarlos con un profesional del coaching.

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Un Modelo de Gestión

Artículo cedido por Isabel Saura a Asociación Coach Humanista

 

El éxito de un buen gerente es conseguir resultados excelentes con gente normal. Ningún empresario o director general puede cifrar el éxito de su empresa a base de la  contratación de genios.

En primer lugar porque escasean y en segundo lugar, porque normalmente serian incapaces de formar equipo y trabajar para el conjunto. Este logro requiere saber invertir en formación y especialmente en formación directiva. Pocas escuelas o universidades enseñan a liderar, dirigir y motivar a las personas.

En la empresa, sin un buen management de personas se termina casi siempre con la cruel mediocridad. Peter F. Druker “La gerencia en la empresa”

Los Modelos ActualesMiedo ConfianzaControl Compromiso

Tenemos que trabajar para implantar en las empresas un modelo que sea atractivo y retador, y por otro lado que sea viable y sencillo a la hora de aplicarlo¿Cuál es el objetivo de un modelo de gestión?El Incremento del RendimientoEl Incremento de la EficienciaEl Incremento de la Productividad

¿Qué hacemos entonces con el bienestar, la confianza, y la felicidad? Pues utilizarlos como variables instrumentales para alcanzar los objetivos antes mencionados¿Cómo entramos en una organización con un modelo distinto al que se está acostumbrado a trabajar en la empresa?¿Cómo conseguimos que los directivos y gerentes apliquen modelos distintos a los que se están aplicando hasta ahora?

Algo tan sencillo como cambiar al Líder, que pase a ser un Líder Coach

CONFIANZA;La confianza no es una elaboración mental artificial que dependa exclusivamente de aquello en que las personas decidan creer, refleja relaciones razonables ante las circunstancias. Rosabeth Moss Kanter

O como dijo Confucio en el siglo VI a C “Tres cosas son necesarias para gobernar: armas, comida y confianza. Si no se pudiesen tener las tres, se deben abandonar primero las armas y después la comida”

Sin embargo Confianza no es Aceptación IncondicionalConfianza es la aceptación, es el sentimiento, que se genera cuando se dice la verdad y se cumplen las promesas.

Cuando se hace una promesa se puede cumplir o no, esto conlleva cierto riesgo, lleva implícito incertidumbre y presupone una cesión voluntaria y consciente del grado de vulnerabilidad que se está dispuesto a asumir.

No surge de forma Natural, No es Espontaneo.

Nace del deseo de conocer al Otro “Como legítimo Otro” que diría Maturana, para saber si es digno de confianza.

La confianza no es algo que se pueda exigir o pedir sino que se inspira

Se reconoce la confianza como una emoción que predispone a las personas a integrarse y abrirse la intercambio, lo que fomenta la cooperación y la transferencia de saberAnima a las personas a decir lo que piensan y a experimentar sin miedo a que se las pueda penalizar, esto favorece la Innovación

Supera barreras defensivas

Colabora en hacer que la Organización Fluya

Esta puede ser una de las llaves que les permita a las Organizaciones adaptarse a los tiempos de cambio, de acción inmediata, a la Sociedad de la inmediatez

Voy a exponer un modelo que se basa en A*7C

  • A—Autoconfianza, Si queremos inspirar confianza en los demás, primero miremos como estamos nosotros de ella, entendiéndola como;Auto concepto—CreerAutoestima-----QuererAuto eficiencia---Conseguir
  • C1 Competencia profesional. Es la capacidad que tiene una persona para desempeñar una actividad de manera apropiada, para obtener los resultados deseados, es la única variable Técnica
  • C2 Conciencia del otro. Se basa en poner la atención sobre el otro respetando su individualidad y considerándolo como un “otro legitimo”
  • C3 Claridad. Es estar determinado a decir la verdad. Actuar desde una actitud de plantear cosas de forma diáfana y autentica.
  • C4 Cumplimiento. Consiste en dar valora lo prometido, a lo acordado, a lo aceptado, es decir, a lo que hemos establecido.
  • C5 Coherencia. Se trata de hacer coincidir lo que se propugna que hagan otras personas y lo que hago yo al respecto
  • C6 Consistencia. Es actuar a lo largo del tiempo con comportamientos alineados a unos determinados valores.
  • C7 Coraje. Consiste en la determinación en decir o actuar de la forma que se crea adecuada, venciendo resistencias o tendencias e intentando ser, en la medida de lo posible uno mismo.

La propuesta es que en la medida que las personas que constituyen una Organización van incorporando estas competencias se va construyendo a lo largo del tiempo un espacio de Confianza en la Organización, y de ahí surgen los resultados que hacíamos mención en un principio.

Estilos de aprendizaje

Artículo cedido por Isabel Saura a Asociación Coach Humanista

 

Aprender es saber relacionarnos con el mundo que nos rodea.

Todos tenemos que aprender a aprender y quizás lo mas importante Aprender a Desaprender

Todos como hemos visto pensamos de manera diferente, procesamos la informacion de distinta manera, en función de nuestra edad, experiencias, cultura, educacion  y con ello obtenemos un mapa distinto

Unos aprendemos;

De manera lineal, secuencial, global, ordenando conceptos y clasificándolos, otros necesitan una visión de conjunto

La forma de aprender determina la organización física de nuestros ambientes de trabajo, también determina una planificación, una forma de comunicarnos y una visión del cambio en las Organizaciones.

Peter Honey en 1988, lanzo la Teoria de estilos de Aprendizaje que fue ampliada en el año 2000 por Gallego y Alonso.

El Aprendizaje es un camino que realizamos en función de las peculiaridades de cada uno

Ahora os lanzo una pregunta ¿Cuál es el Tuyo?

Existen cuatro estilos de Aprendizaje

  • Estilo Activo
  • Estilo Reflexivo
  • Estilo Teorico
  • Estilo Pragmático

El Estilo Activo; Las personas que tienen este estilo se implican plenamente en todo, sin prejuicios, les encantan las nuevas experiencias Ejplo. Campo y día de Reyes

Son personas de mente abierta, que admiten con ilusión tareas nuevas

Son Sociables

Abiertos

Centran alrededor de ellos todas las actividades

Se involucran en los asuntos de los demás

El Estilo Reflexivo; Se basan en la observación a cierta distancia, a los reflexivos les gusta considerar las experiencias, analizarlas desde distintos ángulos, recogen datos, los diseccionan con detenimiento antes de llegar a una conclusión y consideran todas las alternativas posibles Son Exhaustivos

Ponderados

Analíticos

Disfrutan escuchando a los demás, analizan y no intervienen hasta que no se han adueñado de la situación. Es como si ellos mismos se preguntaran: ¿Qué fue antes el huevo o la Gallina?

Ojo Hacer mención que llevamos a sangre y fuego la enseñanza occidental se basa precisamente en este modelo, leer, memorizar, razonar

El Estilo Teórico; Adapta e integra las observaciones dentro de teorías lógicas y mas complejas, tienden a ser perfeccionistas, son profundos en su sistema de pensamiento, pasa algo y lo integran dentro  los hechos

Son Metodicos

Lógicos

Críticos

El Estilo Pragmático; ¿Para que sirve? Sino no les interesa, les gusta la  aplicación practica, la utilidad , descubren el aspecto positivo de las nuevas ideas y lo aprovechan para experimentarlo, actúan rápidamente y consiguen ponerlo en marcha, con aquellos proyectos que les atraen

Son; Directos

Eficaces

Realistas

Estos son cuatro maneras de enfrentarnos a la realidad, el activo interviene, puede ser protagonista no deseado, meter la pata en muchas situaciones, dada su impulsividad. El reflexivo analiza las situaciones desde cierta distancia, el teorico habla sobre su visión del mundo y el pragamatico le busca el lado útil, sino lo tiene no le interesa, lo deja

Todos tenemos algo de cada uno y esto nos lleva a identificar la forma de aprender y de mejorar nuestras relaciones

Aprender=Estilo=Tendencia a algo predominante

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Culpa, responsabilidad y perdón.

Artículo cedido por José Juan Guirao a Asociación Coach Humanista

 

Culpa: 1. Imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta. 2. Acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado.

Existen dos tipos de culpa: la culpabilidad sana y la culpabilidad que podríamos llamar dañina.

La culpabilidad sana es aquella que te permite reaccionar ante lo sucedido e intentar reparar el daño hecho. Esta culpabilidad es buena, incluso necesaria para nuestro desarrollo personal. Te ayuda a enmendar errores, pasar a la acción y ser responsable de tus actos y sus consecuencias.

La culpabilidad dañina es aquella que no te deja avanzar, reaccionar ni reparar el daño causado. Esa es la realmente grave y de la que vamos a tratar en estas líneas.

Existe un subtipo de culpabilidad dañina que solo vamos a mencionar de pasada porque tiene más que ver con otros factores como el entorno, la sociedad, la religión… o con otros temas como el maltrato, el acoso o el abuso.

La culpabilidad inducida: Se da cuando otras personas o grupos tratan de hacer que tú te sientas culpable por acciones o doctrinas que son únicamente suyas. Es una culpabilidad en exceso dañina porque te lleva a aceptar como tuyas las culpas de los demás cuando tu realmente no has hecho nada ni te has comportado de manera diferente a como lo haría cualquiera. Sin embargo esta culpa es totalmente real y muy destructiva. Se materializa a partir de una situación provocada por terceras personas que no son capaces de admitir sus propios errores haciendo que otros carguen con una responsabilidad que en absoluto les pertenece.

La culpa es una emoción. Una de las emociones más desagradables que puede llegar a sentir el ser humano. Se genera a partir de una situación en la que hicimos o dejamos de hacer algo que supuso un perjuicio a alguien o a nosotros mismos. A partir de ese momento nos empezamos a sentir culpables de lo sucedido y nos invaden sentimientos de tristeza, impotencia, remordimientos, estrés o ansiedad entre otros.

Sin apenas ser conscientes de ello repasamos mentalmente el momento o los momentos que nos arrastraron hasta este sentimiento y los revivimos no una, ni mil, sino un millón de veces. Nos autocastigamos de tal manera que una culpa muy arraigada dentro de nosotros y que perdura en el tiempo puede, y de hecho lo hace, inmovilizarnos en el presente.

Funciona como un juego de cadenas que nos ancla al pasado, nos amarra, nos reprime y no nos deja avanzar. Nos adentramos en un círculo vicioso de victimismo, preocupación y remordimientos por cosas que sucedieron en el ayer sin darnos cuenta que poco a poco se nos va el presente y perdemos el mañana.

Lo más triste de todo esto es que somos nosotros mismos los que decidimos ponernos estas cadenas y nos encarcelamos en una prisión de emociones. Una prisión fabricada a medida con unos materiales muy específicos: nuestros errores, nuestras culpas y nuestros miedos.

En este punto hay que tener en cuenta que la culpa no surge de manera espontánea, sino que es un sentimiento aprendido desde la infancia por la influencia social, religiosa y el entorno familiar.

En muchos casos el haber tenido progenitores autoritarios y de disciplina férrea hacen despertar en el niño, sobre todo si las muestras de cariño son escasas, sentimientos de culpa. Este comportamiento de los padres que lo que busca es crear un hijo disciplinado y fuerte, a menudo lo que consigue es justamente lo contrario generando en el niño inseguridad, miedo y sobre todo baja autoestima. Un campo perfecto en el que sembrar las semillas de la culpa.

Sin embargo nuestra vida es nuestra. No debemos escondernos en nuestros padres, en la sociedad, en los amigos ni en el entorno en que vivimos para quedarnos “cómodamente” en el victimismo y en la culpa para no hacer el esfuerzo “titánico” de seguir hacia adelante.

¿Se puede dejar de sentir culpa? ¿Es posible derribar los muros de la prisión interior? Por supuesto. Si realmente se quiere y se está dispuesto a trabajar duro para conseguirlo.

Hay un gran número de profesionales muy capacitados para ayudarte. Coach, terapeutas y psicólogos pueden guiarte y servir como un gran punto de apoyo en estas situaciones.

Responsabilidad: capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente.

Ser responsable, que no culpable, de algo te permite tomar acción sobre ello. Te permite darte cuenta de la situación y en consecuencia intentar reparar el daño o el dolor causado a otros o a nosotros mismos.

Hemos de entender que todos nos equivocamos, todos cometemos errores. Si ponemos conciencia en esos errores desde la responsabilidad tendremos la capacidad de superarlos. Tendremos la oportunidad de aprender y crecer como personas. Al fin y al cabo de eso es de lo que trata la vida. Tenemos que darnos cuenta de que no estamos aquí para sufrir. El sufrimiento es una opción. Desde que nacemos hasta que morimos estamos creciendo y aprendiendo. Lo que aprendemos es lo que podemos ofrecer a los demás. Si aprendes a amar, ofrecerás amor; si aprendes a sufrir ¿Qué crees que ofrecerás a los demás?

Tenemos que entender que no hemos venido a este mundo para hacer feliz a nadie y que nadie ha nacido con la misión de hacernos felices a nosotros. Tenemos que ser felices, sí; pero cada uno consigo mismo y a partir de tu propia felicidad relacionarse libremente con los demás. Ahí es donde entra en juego la responsabilidad.

Tú eres el único responsable de tu vida, de tus emociones, de tus triunfos y tus fracasos,” De tu felicidad.”

Si guías tu vida hacia la responsabilidad te darás cuenta de que en realidad la culpa no existe. Tomarás conciencia de que nada de lo que has hecho en tu vida está bien o mal. Simplemente tomamos decisiones. Sea cual sea el resultado de las decisiones que tomamos tenemos que aceptar la responsabilidad que de ellas se deriva,” Nunca la culpa”.

Sea cual sea el error que has cometido, sea cual sea tu culpa, por muy grande que te parezca, no existe. Tú la has creado en tu mente, la has integrado como parte de ti. Te estas castigando y torturando para evitar hacer frente a tus acciones y no hacerte responsable de ellas poniendo mil excusas diferentes, engañándote y traicionándote a ti mismo.

Toda culpa se puede enmendar de una forma o de otra. Todo se puede solucionar para continuar con tu vida. Únicamente tienes que aceptar tu responsabilidad. Salir de tu zona de confort, tomar acción y ponerte en movimiento.

Empieza a ser feliz contigo mismo, comienza a quererte, a amarte. Cuando seas capaz de amarte te darás cuenta de que nada es tan importante. De que se puede ser feliz con muy poco y muy desgraciado teniéndolo todo.

La felicidad está en ti. Es tu decisión. Es tu responsabilidad.

Perdón: 1. Acción de perdonar. 2. Remisión de la pena merecida, de la ofensa recibida o de alguna deuda u obligación pendiente.

Perdonar a otras personas por sus errores y perdonarnos a nosotros mismos por los nuestros son dos cosas que a simple vista podrían parecer muy diferentes, sin embargo no lo son. Para sanar nuestra vida, para sanar heridas, necesitamos perdonar y perdonarnos. Creemos equivocadamente que perdonar al otro es darle la razón, hacerle un favor, pretender que lo que hizo estaba bien. Al contrario. El favor nos lo hacemos a nosotros mismos en el preciso instante en que decidimos perdonar y dejar de sufrir por esa situación. Y da igual si la otra persona es consciente o no de tu perdón. Si llega o no a saber que le has perdonado. Es algo que te afecta a ti, que solo tú puedes sentir y solo tú puedes solucionar.

A veces tendemos a confundir el término perdón con otras cosas que en realidad no lo son. Tenemos que diferenciar por tanto lo que es perdonar y lo que no.

Olvidar no es perdonar. Cuando alguien nos ha hecho daño de verdad no se olvida. Lo que hacemos es reprimir esa herida, esconderla en un rincón oscuro y camuflarla detrás de una máscara.

Perdonar tampoco es tolerar o justificar el comportamiento de otros o nosotros mismos  cuando eso nos hace daño. Así ocultamos lo que nos duele para no enfrentarnos con la realidad.

Perdonar y entender no es lo mismo. Puedes entender porque una persona actuó de determinada manera y las causas que le llevaron a actuar así, pero entenderlo no significa que perdones. Aunque el entendimiento si puede hacer más fácil que el perdón llegue a suceder.

Hacer como que todo va bien cuando en realidad no es así es una de las maneras más crueles de castigarnos y engañarnos a nosotros mismos y por supuesto no tiene nada que ver con el perdón. Seguimos negando la realidad para no enfrentarnos con ella y así no perder algo que creemos necesitar.

Perdonar de verdad, perdonar realmente, es decisión nuestra. Decidimos dejar de sufrir, seguir adelante y dejar atrás el pasado. Decidimos cerrar las heridas que nos impiden la recuperación de nosotros mismos. Nuestra propia identidad. Decidimos vivir. Decidimos amar.

En realidad el perdón es un acto de amor y compasión hacia uno mismo. Todos queremos ser amados. Todos queremos recibir amor y ese precisamente es nuestro gran error. No nos damos cuenta de que el amor no se recibe, no se espera, no se pide. El amor se da.

Para poder dar amor nosotros tenemos que contener amor. Si tú no tienes amor difícilmente podrás entregárselo a los demás. En ese amor propio, nuestro, que otorgamos a los demás es donde se encuentra el perdón, la humildad y la compasión.

Perdonar es amar al otro con sus virtudes y sus defectos sin por ello dejar de amarnos a nosotros mismos. Por lo tanto, si alguien nos ha hecho daño tenemos que tomar la decisión de perdonar y en cada caso tomar las medidas necesarias para que ese daño no se vuelva a repetir. Ya sea por decisión propia o por medio de la justicia en casos muy extremos, alejar de nuestra vida a las personas que nos son perjudiciales. Esto parecería contrario al amor del que hablamos hace un momento, pero no olvidemos que perdonar no es olvidar sino estar en paz con ese recuerdo. El amor continúa estando ahí. “Le perdono, le amo, pero no es bueno para mí y por tanto no quiero en mi vida algo que me hace daño.”

Quiérete, ámate, perdónate y serás capaz de vivir una vida plena siendo la persona que realmente eres.

Conclusión:

Si realmente aprendes a amar, pero a amar con un amor en mayúsculas, del que no pide ni espera nada a cambio, sin egoísmos, sin intereses, entonces no habrá espacio en nuestra vida para la culpa. No tendremos que volver a pedir perdón desde la amargura y el arrepentimiento, sino desde la responsabilidad. Antes de actuar pensaremos en nuestros actos y seremos responsables de ellos incluso antes de que hayan sucedido. En esa responsabilidad, en ese intentar no hacer daño es donde realmente habita el amor.

Seamos responsables. Seamos amor. Amemos.

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